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Submarinos en la Gran Guerra:
Cajas de sardinas con periscopio

largo camino“Los submarinos en la Gran Guerra”, el tema con el que me estoy enfrentando en este momento, no es sino la tercera novela de una saga dedicada a la Gran Guerra, una sencilla perífrasis de la Primera Guerra Mundial, en este caso dedicada a la vida de los marinos y marineros que lucharon dentro de los submarinos, unas máquinas que se estrenaban como armas y a las que, como indica el subtítulo, empleo la metáfora de ser “Latas de sardinas con periscopio” pues sólo tenían uno. En las dos novelas anteriores: “Nubes, lluvia, barro y sangre” se cuenta la vida de los combatientes que lo hacían con los pies en el suelo, entre el agua, el barro, las piedras y la metralla. En la segunda: “Los pilotos en la Gran Guerra”, con el subtítulo: “Mata o muere”, muestra la más cómoda vida de los luchadores que lo realizaban lejos de suelo, en unas máquinas, igualmente recién estrenadas, a las que en otra perífrasis se les llamaba “Cajas de cerillas voladoras”, dado que eran unas pocas maderas, unidas con alambres, cubiertas de tela barnizada y un asmático motor que, inicialmente, apenas conseguía elevar el aparato del suelo y solía salir ardiendo a la primera oportunidad.

El submarino era un arma nueva, que realizaba sus primeros escarceos en una guerra que empezaba. Una conflagración que para muchos, era la idea general, que apenas duraría unos escasos meses. Sin embargo, pronto se pudo comprobar que la lucha sería larga y sangrienta, como se demostró pues se mantuvo entre 1914 y 1918, y en el transcurso de esos años, dejó de ser una guerra local y europea, y se había transformado en mundial.

El número de víctimas fue más que apreciable, pues suman entre todos los beligerantes y los civiles un total de bajas que dan cifras variables en un entorno de 37.508.686 personas, entre muertos, heridos y lisiados de por vida, a lo que hay que añadir, sin cifras medianamente exactas: prisioneros, desplazados, viudas, huérfanos y desaparecidos que nunca fueron ni sumados ni reclamados.

En el mundo de los submarinos, con cifras menores en comparación con ese total, fueron los Uboot alemanes los que dieron un número elevado de unidades hundidas, tanto por las que ellos causaron, como el de los submarinos alemanes que fueron hundidos. También son importantes las cifras de decesos entre las dotaciones de los U-Boot, así como las de los marinos y marineros mercantes, o la de los pasajeros de barcos como el Lusitania, el 07 / 05 / 1915, un barco transatlántico de lujo en el que murieron un total de 1.198 entre pasajeros y tripulantes. Y hay otras cifras menores correspondientes a diversos barcos de transportes de viajeros.

Veamos algunas cifras, siempre aproximadas como el tiempo, a veces, demuestra. Barcos mercantes aliados hundidos por los Uboot: 6.500. Barcos de guerra aliados hundidos por los Uboot: 3 Cruceros, 3 Acorazados y 8 Destructores. Uboot hundidos en combate: 178. Tripulantes de Uboot muertos: más de 5.000. Y estas cifras sólo son una muestra de la realidad referida desde el lado de las Potencias Centrales (Imperios Alemán y Austrohúngaro) y menos de la Entente Cordiale, nombre que se les daba a los aliados en aquellas fechas.

Lo que inicialmente era un gran dominio de los U-Bootes, con el transcurso de la guerra y las mejoras técnicas que la necesidad crea, los tiempos felices de los submarinos evolucionaron negativamente por cuanto los aliados cambiaron no solo tácticas y estrategias, sino que incorporaron toda una serie de instrumentos bélicos que fueron cambiando las circunstancias y las ventajas en el combate: Hidrófonos, Sonar o Asdic, TSH (Telefonía sin hilos, la radio), las minas , las redes, las cargas de profundidad, así como la intervención de aviones de amplio radio y duración del vuelo, o la aparición de mercantes armados con cañones de 305 mm.

O los barcos Q, barcos trampa con armamento oculto, el cual aparecía en el momento oportuno para hundir el U-Boot cuando éste subía a la superficie para cañonear a la nave y ahorrar así los escasos torpedos que podían llevar. Y era ese momento, mientras se equilibraba, se abrían las escotillas y salían a cubierta, que el presunto mercante abría enormes ventanas en los costados y aparecían sus cañones, ya preparados y casi apuntados, para disparar sobre el submarino y hundirlo.

Los bloqueos de entorno de Gran Bretaña, para rendirla por carencias alimenticias, hundiendo todos los barcos que se dirigieran a la gran isla, era la intención de los U-Boot para cortar el suministro de la ayuda de la neutral USA, lo que llevó a una indiscriminada lucha en la que los submarinos no respetaban barcos, pues hasta los alimentos se consideraban contrabando, dando lugar a la incorporación en la guerra a USA y a Brasil, aunque ya muy avanzado el conflicto.

Basado y con la ayuda de datos que el tiempo muestra si se buscan, esta novela no entra en política, conceptos éticos o justificaciones de conducta, ni en estrategias o tácticas, salvo en la influencia de los avances del material bélico, tratando sólo de exponer en qué forma se vivía y moría en aquellas fechas, en la que fue la primera gran confrontación del planeta Tierra, dejando sin resolver lo que se dijo: “Qué sería la guerra que acabaría con todas las guerras”, lo que fue un craso error, pues se dejó y quedó todo tan mal resuelto, con tantas desilusiones, irregularidades, arbitrariedades y rencores tras el armisticio, que consintieron dejar abiertas todas las puertas a la sucesión de guerras posteriores, y a las luchas en las que seguimos inmersos en pleno siglo XXI.

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