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Pilotos en la Gran Guerra: mata o muere

largo caminoLa "Gran Guerra" es el nombre, al menos literariamente, pero que ha quedado fijo y universal, de la Primera Guerra Mundial; esa absurda, como todas las guerras, matanza desenfrenada de personas, durante la cual y a posteriori, muchas cosas cambiaron de forma radical, pues "los importantes", esos estrellados militares y sus superiores, esos políticos que, en cómodos despachos pensaban lo mejor para el futuro de los que morían a centenares cada día: si bien es sabido que un difunto carece de futuro, pues casi siempre ni siquiera será recordado, pues recordemos la frase 41 de la Vulgata: "Memento homo, quia pulvus eris et in pulverem reverteris.", una realidad que nos dice: "Recuerda hombre, que polvo eres y en polvo te has de convertir".

Todos los militares superiores, y los políticos, daban órdenes desde puntos lejanos, lugares en los que sus pies no estaban en el barro, la lluvia no los mojaba, ni el olor de la cordita llegaba a sus olfatos, y la metralla no pespunteaba sus elegantes uniformes, ni tampoco eran conscientes de que muchas cosas, demasiadas, habían cambiado y se estaban transformando en la forma de luchar, lo que indicaba que ya no eran los tiempos de Waterloo, ni de los combates posteriores, que todavía fueron realizados al viejo estilo, en un cuerpo a cuerpo, al menos visual, y que eran en parte la tónica de los combates en el campo europeo. En la primera guerra mundial se empieza a luchar sin ver al enemigo, a distancia, dentro de trincheras o con minas subterráneas con las que volar las trincheras enemigas: no era sólo otra guerra, sino también otro mundo.

Todo había evolucionado, aunque muchos no lo supieran, o tal vez no lo quisieran ver. Trincheras, ametralladoras, barreras de alambradas de espinos, tantas que llego a decirse que la infantería “mascaba alambres de espinos”; la artillería de gran potencia y precisión; los globos cautivos, y los dirigibles más adelante, que espiaban los movimientos del enemigo y daban direcciones exactas de tiro a esa artillería citada; el uso de gases venenosos y asfixiantes; la presencia de los primeros carros de combate, los "tanques", como se los llamaba, que los había de varios tipos, como el modelo Mark I inglés, el Renault FT-17 francés o el Sturmpanzerwagen A7V alemán, etcétera, en contraste con la escasa utilidad de una caballería que empezaba a quedar obsoleta y periclitada, pero que se siguió utilizando por su velocidad comparada con la de los soldados pedestres como enlaces. Motocicletas, bicicletas y pequeños carros arrastrados por perros, incluso para transportar heridos, así como mensajes enviados con palomas mensajeras, formaban parte del cambio, al que hay que unir los recientes inventos como el de Marconi: su radio y la utilización del cada día más perfeccionado teléfono de trincheras.

La aparición de nuevas armas, despreciadas inicialmente por la falta de imaginación de esos altos jefes, arrugados y roñosos por el paso del tiempo, y con un desprecio inconsciente de una realidad que no conseguían entender, que les llevaban a ordenar cargas a la bayoneta frente a centenares de ametralladoras de muy alta velocidad de tiro, más de 600 disparos por minuto, que cortaban los avances y las vidas de centenares de soldados que acometían, a pecho descubierto, con la única protección de sus distintos uniformes y el escaso metal en las solapas del escudo de su unidad, del arma o del cuerpo al que pertenecían.

Del mismo modo, se tardaron en entender las muchas posibilidades de la aviación, no sólo como arma de combate, que fue algo tardío, sino incluso por sus amplias ventajas al realizar fotografías y reconocimientos desde lo alto, aportando una rica información de las posiciones y los movimientos del enemigo.

La ceguera general sobre la aviación, llegó hasta el punto de negarles a los pilotos la posibilidad de saltar en paracaídas si el avión era derribado, pues los cómodos jefes, lejos de las líneas de fuego, pensaban que los pilotos saltarían ante la menor dificultad en el vuelo.

Es por ello que, salvo escasas excepciones, un avión tocado era sinónimo de piloto muerto y en otros modelos, como los biplazas, también el ametrallador, o el observador, y por eso, entre los pilotos y sus mecánicos, se decía: "mata o muere". Era tal la miopía, por no decir ceguera de los más altos mandos, que en 1916 en la Batalla del Somme, -- dejemos las cifras de las anteriores batallas como: Ypres, Verdún, Champagne, Loos, Neuve Chapelle, etcétera-- , cercana al río de su nombre, que se desarrolló en un espacio rectangular de 24 x 48 kilómetros, es decir: 1.152 km², damos unos datos sobre ese combate que son escalofriantemente absurdos para el que lo piense: En el primer día de la ofensiva del Somme, el 1 de julio de 1916, se contabilizaron 19.240 muertos y más de 36.000 heridos.

En esa misma continuada batalla, entre el 1 de julio de 1916 y el 18 de noviembre de ese mismo año, entre todos los combatientes de los dos lados de las trincheras, se cuentan 600.000 muertos y más de 1.200.000 heridos y lisiados permanentes.

Es evidente, que pensar en los gravísimos errores de esa forma de combatir: trincheras, artillería pesada, grandes minas subterráneas y ataques a la bayoneta, posiblemente toda esa forma absurda de luchar sólo fue valorada y recapacitada por los soldados y oficiales situados en la primera línea, que la sintieron en sus carnes y en las de sus amigos que murieron de forma gratuita.

Pero esta novela no trata de lo dicho hasta ahora. Sobre los combates en tierra, ya tengo escrita y editada: “Nubes, lluvia, barro y sangre” y lo que digo en esta introducción hasta ahora, es sólo una entrada y una muestra del ambiente de esa conflagración, para situar al lector en el entorno de unos combatientes, los de tierra, a los que la vida cotidiana, les era enormemente dura en su vida en las trincheras.

Sin embargo, existían otros luchadores para los que la vida era más cómoda y limpia, aunque también muy peligrosa, como indica el número de derribos, de los que ya hemos dicho que era obligatoria la muerte, salvo extraordinarias excepciones.

Esos que vivían algo mejor, en cuanto a comodidades: eran los pilotos. Los aviadores, eran muchachos muy jóvenes, muchos de ellos no llegaban a los dieciocho años, pues centenares de ellos mintieron sobre su edad real, pues la falseaban diciendo que tenían dieciocho, lo que les permitía ingresar en las escuelas de vuelo.

Ansiosos de aventuras, eran unos luchadores que volaban en lo que, en aquellos momentos, se les llamaba las "cajas de cerillas voladoras", es decir unos aviones de madera, tela y alambre que apenas conseguían velocidades de más o menos 120 km/h, inicialmente, con motores con menos HP que una motocicleta actual de baja cilindrada. Aprendían a volar durante escasas horas, entre seis y diez y, de inmediato, se incorporaban al combate, por lo que gran parte de ellos solamente hacían una salida en el frente: "la primera y la última", sobre todo en el bando aliado, pues los pilotos alemanes estaban muy bien entrenados desde hacía tiempo y tenían mejores aviones que los franceses, que inicialmente eran, casi por completo, los únicos que los fabricaban.

Curiosamente, era una época en la que los pilotos eran unos privilegiados que vivían en un entorno cómodo y romántico, pues como se decía entre los soldados en las trincheras, mientras los veían volar, luchar, derribar o ser derribados: "me han dicho que comen en mesas y duermen en camas", ¡qué suerte tienen!

Y era cierto si pensamos en el claro agravio comparativo con los embarrados infantes, artilleros y unidades de ingenieros, transportes y otras especialidades con los pies siempre en la tierra, llena de barro con demasiada frecuencia.

Por tanto, entremos en materia, y recordemos que, para los pilotos levantarse a las cuatro de la mañana era lo habitual, y además, sabiendo que, en las mentes de los que despegaban, tenían muy claro que unos cuantos, a veces muchos de ellos, no regresarían de los combates a los que se dirigían.

No es nuestra intención explicar aspectos del combate, o la táctica y la estrategia de aquellos años, sino tratar de situarnos en la época y tratar de mostrar la forma en la que suponemos que vivían, por datos de esa etapa, fotografías y documentales, relatos de escritores y cartas de soldados y pilotos, y con ello exponer, solicito licencia: ¿en qué forma podía ser la vida de aquellos muchachos en esos momentos? Para aquellos que, de una forma u otra, se encontraban imbricados en la cruenta lucha de esas fechas, mostrando lo que ocurría a su alrededor, tanto para vivir, como para sobrevivir o morir en un entorno en el que casi todo eran dificultades, a pesar de las claras ventajas de un soldado del aire, con respectos a los de tierra o a los que vivían en el mar, al aire de un barco o los peores: en el interior de los U-BOOT, los submarinos de la época: una lata de sardinas con periscopio. Es posible que a los U-BOOT dediquemos la próxima novela, ahora que se han cumplido 100 años de la mitad de la contienda que se recuerda como "LA GRAN GUERRA": 1914 a 1918.

La presencia de un perro en la novela, un personaje muy importante, no es un capricho del autor, sino algo muy común en la primera guerra mundial, como puede verse en numerosos documentales, fotografías y anécdotas de la época, en los que casi siempre se ven perros, incluso cachorros de león o tigres, en torno a los aviones, pilotos y mecánicos, e igualmente en las trincheras de los soldados de tierra. Si bien he de reconocer que el protagonista canino y su conducta exagerada, es una libertad del escritor.

Es más, como oficial de complemento, en torno al campamento de Milicias Universitarias (I.P.S.), y, sobre todo en las marchas, docenas de cariñosos perros nos acompañaban en las largas caminatas por la sierra de Segovia, y en cada compañía había perros que dormían en algunas de las tiendas, a veces compartiendo lecho y comida con alguno de nosotros, ocultos de los oficiales de mando que, pensaran lo que pensaran, estaban obligados a que se cumpliera el reglamento. Dr.: José Ignacio Velasco Montes. Médico Cirujano y Oficial de complemento.

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